Silenciados

Ha fallecido el escritor italiano Antonio Tabucchi, el autor de Sostiene Pereira, una de las novelas más hermosas jamás escritas acerca de la dignidad humana. Os dejamos con un fragmento en homenaje a su autor:

Pereira sostiene que aquella tarde el tiempo cambió. De improviso, cesó la brisa atlántica, del océano llegó una espesa cortina de niebla y la ciudad se vio envuelta en un sudario de bochorno. Antes de salir de su oficina, Pereira miró el termómetro que había pagado de su bolsillo y que había colgado detrás de la puerta. Marcaba treinta y ocho grados. Pereira apagó el ventilador, se encontró en las escaleras con la portera, que le dijo adiós señor Pereira, aspiró una vez más el olor a frito que flotaba en el zaguán y salió por fin al aire libre. Frente al portal se hallaba el mercado del barrio y la Guarda Nacional Republicana estaba estacionada allí con dos camionetas. Pereira sabía que el mercado estaba agitado porque el día anterior, en Alentejo, la policía había matado a un carretero que abastecía los mercados y que era socialista. Por eso la Guarda Nacional Republicana se había estacionado delante de las puertas del mercado. Pero el Lisboa no había tenido valor para dar la noticia, o, mejor dicho, el subdirector, porque el director estaba de vacaciones, estaba en Buçaco, disfrutando del fresco y de las termas, y ¿quién podía tener el valor de dar una noticia de ese tipo, que un carretero socialista había sido asesinado brutalmente en Alentejo en su propio carro y que había cubierto de sangre todos sus melones? Nadie, porque el país callaba, no podía hacer otra cosa sino callar, y mientras tanto la gente moría y la policía era la dueña y señora. Pereira comenzó a sudar, porque pensó de nuevo en la muerte. Y pensó: Esta ciudad apesta a muerte, toda Europa apesta a muerte.

Un combate medieval

En el relato anónimo medieval La muerte del rey Arturo, de autor desconocido, se relatan combates tan emocionantes como el que ahora os seleccionamos. El caballero Mador ha acusado a la reina Ginebra, esposa del legendario rey Arturo, de haber asesinado a su hermano. El amante de la reina, Lanzarote, defenderá la inocencia de la reina enfrentándose con Mador en combate mortal.

Entonces comienza a vaciarse de gente la sala; grandes y pequeños descienden y van al prado, fuera de la ciudad, allí donde habitualmente se libraban los combates, en un lugar hermosísimo. Mi señor Galván toma la lanza del caballero y dice que la llevará al campo; Boores toma el escudo. Lanzarote monta con presteza su caballo y se va al campo de batalla; el rey hizo venir a la reina, y le dice: «Señora, he aquí un caballero que por vos se pone en peligro de muerte; sabed que si es derrotado, vos seréis puesta en mala situación. —Señor, responde, Dios hará justicia, tan verdaderamente como que yo no pensé hacer deslealtad ni traición.» Entonces la reina guía a su caballero y metiéndolo dentro del campo le dice: «Buen señor y dulce, avanzad por Dios; que Nuestro Señor os ayude hoy.» Con esto, se enfrentan los dos jinetes, dejan correr sus caballos y se atacan tan velozmente como pueden los animales; se golpean con tal fuerza que ni los escudos, ni las cotas evitan que se hagan heridas grandes y profundas; Mador vuela del caballo a tierra, cayendo con estrépito, porque era grande y pesado; pero se levanta en seguida, como quien no se considera a salvo, pues ha encontrado a su enemigo fuerte y duro en la lucha. Cuando Lanzarote lo ve a pie, le parece que si le atacara a caballo podría ser criticado; desmonta y deja al animal que vaya a donde quiera; después saca la espada, tira el escudo por encima de su cabeza y va a buscar a Mador allí donde lo encuentra; comienza a darle en medio del yelmo golpes tan fuertes que aquél queda espantado y, sin embargo, se defiende lo mejor que puede y golpea a Lanzarote con vigor a menudo y frecuentemente; pero todo esto no le sirve de nada, pues, antes de que hubiera transcurrido la hora de mediodía, Lanzarote lo había puesto en tal situación que hizo que la sangre le saliera del cuerpo por más de diez sitios. Lo ha movido y zarandeado tanto de un lugar a otro que todos los que había allí comprueban que Mador está vencido y, si su adversario quiere, a punto de morir; todos los del lugar alaban al que lucha contra Mador, pues desde hacía tiempo no habían visto a nadie tan valeroso, según les parece. Lanzarote, que conocía bien a Mador y que no deseaba su muerte, porque en alguna ocasión habían sido compañeros de armas, ve que lo tiene en situación de poder matarlo, si quiere; pero tiene compasión y le dice: «Mador, serás ultrajado y afrentado si yo quiero y puedes ver que lo serías sí el combate continuara; por eso, yo aconsejaría que depusieras tu acusación, antes de que te llegara ningún mal; haré que mí señora la reina te perdone esta mala acción que le has atribuido y que el rey te considere quito.»

Cuando Mador escucha las ventajas y franquicias que le ofrece, al instante se da cuenta de que es Lanzarote; se arrodilla ante él, toma la espada, se la tiende y dice. «Señor, tomad mi espada, me acojo completamente a vuestra gracia; y sabed que no lo tengo por afrenta, pues con certeza no podría enfrentarme con nadie tan noble como vos: así lo habéis mostrado aquí y en otros lugares.» Entonces le dice al rey: «Señor, me habéis engañado, al poner frente a mí a mi señor Lanzarote.» Cuando el rey oye que es Lanzarote, no espera en absoluto a que salga del campo, antes bien se lanza y corre hacia él, abrazándolo, aunque estaba armado por completo, mi señor Galván acude y le desata el yelmo. Entonces podríais ver a su alrededor una alegría tan grande que no oiréis jamás hablar de otra mayor .La reina fue aclamada libre de la acusación que Mador le había hecho; y, porque estuvo enojada con Lanzarote, se llamaba loca y estúpida.

SIGNATURA: N MUE mue

La hora romántica

La busca (1904), de Pío Baroja, es la primera de las tres novelas que forman parte de la serie La lucha por la vida. Cuenta la llegada a Madrid de un muchacho de origen rural, Manuel Alcázar, y sus esfuerzos por sobrevivir en la gran ciudad. Su comienzo, que añadimos hoy a nuestra Antología, es uno de los más brillantes de la narrativa española:

Acababan de dar las doce, de una manera pausada, acompasada y respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj, alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la uniforme y monótona serie de las horas que va rodeando nuestra vida, hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el oscuro seno del tiempo.

Poco después de esta indicación amigable del viejo reloj, hecha con la voz grave y reposada, propia de un anciano, sonaron las once, de modo agudo y grotesco, con impertinencia juvenil, en un relojillo petulante de la vecindad, y minutos más tarde, para mayor confusión y desbarajuste cronométrico, el reloj de una iglesia próxima dio larga y sonora campanada, que vibró durante algunos segundos en el aire silencioso.

¿Cuál de los tres relojes estaba en lo fijo? ¿Cuál de aquellas tres máquinas para medir el tiempo tenía más exactitud en sus indicaciones?  El autor no puede decirlo, y lo siente. Lo siente, porque el tiempo es, según algunos graves filósofos, el cañamazo en donde bordamos las tonterías de nuestra vida; y es verdaderamente poco científico el no poder precisar con seguridad en qué momento empieza el cañamazo de este libro. Pero el autor lo desconoce: sólo sabe que en aquel minuto, en aquel segundo, hacía ya largo rato que los caballos de la noche galopaban por el cielo. Era, pues, la hora del misterio; la hora de la gente maleante; la hora en que el poeta piensa en la inmortalidad, rimando hijos con prolijos y amor con dolor; la hora en que la buscona sale de su cubil y el jugador entra en él; la hora de las aventuras que se buscan y nunca se encuentran; la hora, en fin, de los sueños de la casta doncella y de los reumatismos del venerable anciano. Y mientras se deslizaba esta hora romántica, cesaban en la calle los gritos, las canciones, las riñas; en los balcones se apagaban las luces, y los tenderos y las porteras retiraban sus sillas del arroyo para entregarse en brazos del sueño.

SIGNATURA: N BAR bus

A un pino andaluz

Mañana, la comunidad escolar del IES La Orden celebra un día de convivencia en el campo, en los Pinos de Aljaraque. Con este motivo, incorporamos a nuestra Antología un soneto de José Luis Cano dedicado A un pino andaluz, que forma parte de la antología poética Paisajes (2009).

También os invitamos a disfrutar de la belleza de los Pinos de Aljaraque visionando la magnífica colección de fotos del Pinar de la Sorda, del fotógrafo José Manuel Mora.

Una dulce pasión, una morosa
melancolía invade tu espesura,
y una cálida y triste calentura
la solitaria sombra de tu rosa.

Voy sintiendo en mi carne la amorosa
turbación de tu copa cuando apura
el sol allí su fuego, y tu cintura
a su lengua se ciñe, perezosa.

No sé qué viento en soledad, qué sino
vegetal guardas para mis dolidas
alas sin vuelo y ave sin camino,

tú que en la mar me sueñas y me olvidas,
oh pino delicado que adivino
a solas meditando en mis heridas.

SIGNATURA: P ANT pai

El hipogrifo

Cuenta la leyenda que del cruce entre un grifo —animal fabuloso mitad águila mitad león— y una yegua surgió el hipogrifo. Este monstruo legendario aparece claramente identificado en el poema épico de 1516 Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, y participa —casi quinientos años después— de más de una de las aventuras del famoso mago de la cicatriz, Harry Potter. Os dejamos con una de ellas:

Harry pudo comprender que Hagrid los llamara hermosos. En cuanto uno se recuperaba del susto que producía ver algo que era mitad pájaro y mitad caballo, podía empezar a apreciar el brillo externo del animal, que cambiaba paulatinamente de la pluma al pelo. Todos tenían colores diferentes: gris fuerte, bronce, ruano rosáceo, castaño brillante y negro tinta.

—Venga —dijo Hagrid frotándose las manos y sonriéndoles—, si queréis acercaros un poco…

Nadie parecía querer acercarse. Harry, Ron y Hermione, sin embargo, se aproximaron con cautela a la cerca.

—Lo primero que tenéis que saber de los hipogrifos es que son orgullosos —dijo Hagrid—. Se molestan con mucha facilidad. Nunca ofendáis a ninguno, porque podría ser lo último que hicierais.

Malfoy, Crabbe y Goyle no escuchaban; hablaban en voz baja y Harry tuvo la desagradable sensación de que estaban tramando la mejor manera de incordiar.

—Tenéis que esperar siempre a que el hipogrifo haga el primer movimiento —continuó Hagrid—. Es educado, ¿os dais cuenta? Vais hacia él, os inclináis y esperáis. Si él responde con una inclinación, querrá decir que os permite tocarlo. Si no hace la inclinación, entonces es mejor que os alejéis de él enseguida, porque puede hacer mucho daño con sus garras. Bien, ¿quién quiere ser el primero?

Como respuesta, la mayoría de la clase se alejó aún más. Incluso Harry, Ron y Hermione recelaban. Los hipogrifos sacudían sus feroces cabezas y desplegaban sus poderosas alas; parecía que no les gustaba estar atados.

—¿Nadie? —preguntó Hagrid con voz suplicante.

—Yo —se ofreció Harry.

Detrás de él se oyó un jadeo, y Lavender y Parvati susurraron:

—¡No, Harry, acuérdate de las hojas de té!

Harry no hizo caso y saltó la cerca.

—¡Buen chico, Harry! —gritó Hagrid—. Veamos cómo te llevas con Buckbeak.

Soltó la cadena, separó al hipogrifo gris de sus compañeros y le desprendió el collar de cuero. Los alumnos, al otro lado de la cerca, contenían la respiración. Malfoy entornaba los ojos con malicia.

—Tranquilo ahora, Harry —dijo Hagrid en voz baja—. Primero mírale a los ojos. Procura no parpadear. Los hipogrifos no confían en ti si parpadeas demasiado…

A Harry empezaron a irritársele los ojos, pero no los cerró. Buckbeak había vuelto la cabeza grande y afilada, y miraba a Harry fijamente con un ojo terrible de color naranja.

—Eso es —dijo Hagrid—. Eso es, Harry. Ahora inclina la cabeza…

A Harry no le hacía gracia presentarle la nuca a Buckbeak, pero hizo lo que Hagrid le decía. Se inclinó brevemente y levantó la mirada.

El hipogrifo seguía mirándolo fijamente y con altivez. No se movió.

—Ah —dijo Hagrid, preocupado—. Bien, vete hacia atrás, tranquilo, despacio…

Pero entonces, ante la sorpresa de Harry, el hipogrifo dobló las arrugadas rodillas delanteras y se inclinó profundamente.

—¡Bien hecho, Harry! —dijo Hagrid, eufórico—. ¡Bien, puedes tocarlo! Dale unas palmadas en el pico, vamos.

Pensando que habría preferido como premio poder irse, Harry se acercó al hipogrifo lentamente y alargó el brazo. Le dio unas palmadas en el pico y el hipogrifo cerró los ojos para dar a entender que le gustaba.

La clase rompió en aplausos. Todos excepto Malfoy, Crabbe y Goyle, que parecían muy decepcionados.

—Bien, Harry —dijo Hagrid—. ¡Creo que el hipogrifo dejaría que lo montaras!

Aquello era más de lo que Harry había esperado. Estaba acostumbrado a la escoba; pero no estaba seguro de que un hipogrifo se le pareciera.

—Súbete ahí, detrás del nacimiento del ala —dijo Hagrid—. Y procura no arrancarle ninguna pluma, porque no le gustaría…

Harry puso el pie sobre el ala de Buckbeak y se subió en el lomo. Buckbeak se levantó. Harry no sabía dónde debía agarrarse: delante de él todo estaba cubierto de plumas.

—¡Vamos! —gritó Hagrid, dándole una palmada al hipogrifo en los cuartos traseros.

A cada lado de Harry, sin previo aviso, se abrieron unas alas de más de tres metros de longitud. Apenas le dio tiempo a agarrarse del cuello del hipogrifo antes de remontar el vuelo. No tenía ningún parecido con una escoba y Harry tuvo muy claro cuál prefería. Muy incómodamente para él, las alas del hipogrifo batían debajo de sus piernas. Sus dedos resbalaban en las brillantes plumas y no se atrevía a asirse con más fuerza. En vez del movimiento suave de su Nimbus 2.000, sentía el zarandeo hacia atrás y hacia delante, porque los cuartos traseros del hipogrifo se movían con las alas.

Buckbeak sobrevoló el prado y descendió. Era lo que Harry había temido. Se echó hacia atrás conforme el hipogrifo se inclinaba hacia abajo. Le dio la impresión de que iba a resbalar por el pico. Luego sintió un fuerte golpe al aterrizar el animal con sus cuatro patas revueltas, y se las arregló para sujetarse y volver a incorporarse.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban, de J. K. Rowling.

SIGNATURA: J ROW har

Dos mujeres en tiempos de guerra

Cuando la muerte le sorprendió, en 1959, el poeta y editor malagueño Manuel Altolaguirre estaba preparando un libro de memorias, El caballo griego, que quedó incompleto. En estos apuntes, además de retratar a importantes figuras de su generación literaria, la del 27, cuenta algunas de sus vivencias durante la guerra civil y el inicio del exilio. Os ofrecemos un fragmento del libro:

Entre las actrices de la compañía estudiantil «La Barraca», se destacaba una preciosa muchacha morena, a la que llamábamos La Venadita. Era extremadamente delgada. De piel de un ligero tinte verde aceituna, con unos almendrados ojos negros. Vivía sola, pues con motivo de la guerra había quedado separada de sus padres y sus hermanos, que habitaban la zona rebelde. La menciono porque fui testigo de la gran pasión que despertó en uno de mis mejores amigos. Todas las mañanas, cuando desayunábamos juntos en un comedor especial que el Socorro Rojo Internacional instaló para los intelectuales, mi amigo no probaba bocado de la ración que le correspondía y diariamente salía de ese comedor con la jarrita de leche humeante y los panecillos y, tomando un tranvía, recorría gran parte de la ciudad hasta la casa de la muchacha. Subía tres pisos de empinadas escaleras y dejaba a la puerta del departamento el desayuno para su amada. Esto sucedió durante varios meses y nunca La Venadita supo quién fue su abastecedor matutino.

En contraste con este recuerdo, me sobrecoge pensar en mi encuentro con la poetisa Margarita Cañedo, que con razón perdida, despeinada y mostrando desgarrados sus antiguos vestidos, se me apareció en una calle de Valencia. Había sido, en tiempo de la monarquía, amante de un infante de España, que la colmó de riquezas. Vivía en un palacete con fachada de mármol y lucía lujosas alhajas cuando asistía a los teatros. Sin duda el desvío de su amante hizo que adoptara ideas republicanas. Para congraciarse con el nuevo régimen, hacía alarde de ideas revolucionarias, frecuentando el Ateneo y otros círculos de intelectuales. En mi imprenta edité su libro de poemas titulado Pez en la Tierra. Se trataba de una serie de composiciones bien escritas que expresaban sensaciones eróticas. Su autora daba la siguiente explicación del título: «Como un “pez en la tierra” es la mujer enamorada. Así se mueve». Recuerdo que este libro fue comentado por la crítica del modo siguiente: «Paz en la Tierra es un libro de profundos sentimientos religiosos». El crítico, al leer «Paz» y no «Pez», equivocó el sentido de la frase.

Margarita Cañedo no pudo resistir el ambiente de la guerra. Se sentía sola, desesperada, sin comprender la razón de los acontecimientos y con un terror inmenso por el porvenir.

SIGNATURA: E ALT cab

Peces heroicos

El viejo y el mar, la más famosa de las narraciones de Ernest Hemingway, es una novela corta que escenifica la lucha entre el hombre y la naturaleza a través de la historia de un humilde y viejo pescador, que después de ochenta y cuatro días sin capturar un solo pez, logra enganchar uno enorme, que ofrece terca resistencia. Durante la lucha recuerda escenas como la que se narra en este fragmento:

Entonces empezó a sentir lástima por el gran pez que había enganchado. “Es maravilloso y extraño, y quién sabe qué edad tendrá”, pensó. “Jamás he cogido un pez tan fuerte, ni que se portara de un modo tan extraño. Puede que sea demasiado prudente para subir a la superficie. Brincando y precipitándose locamente pudiera acabar conmigo. Pero es posible que haya sido enganchado ya muchas veces y que sepa que ésta es la manera de pelear. No puede saber que no hay más que un hombre contra él ni que este hombre es un anciano. Pero, ¡qué pez más grande! Y qué bien lo pagarán en el mercado si su carne es buena. Cogió la carnada como un macho y tira como un macho y no hay pánico en su manera de pelear. Me pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en la desesperación.”

Recordó aquella vez en que había enganchado una de las dos agujas que iban en pareja. El macho dejaba siempre que la hembra comiera primero, y el pez enganchado, la hembra, presentó una pelea fiera, desesperada y llena de pánico que no tardó en agotarla. Durante todo ese tiempo el macho permaneció con ella cruzando el sedal, y girando con ella en la superficie. Había permanecido tan cerca, que el viejo había temido que cortara el sedal con la cola, que era afilada como una guadaña y casi de la misma forma y tamaño. Cuando el viejo la había enganchado con el bichero, la había golpeado sujetando su mandíbula en forma de espada y de áspero borde, y golpeado en la cabeza hasta que su color se había tornado como el de la parte de atrás de los espejos; y luego cuando, con ayuda del muchacho, la había izado a bordo, el macho había permanecido junto al bote. Después, mientras el viejo levantaba los sedales y preparaba el arpón, el macho dio un brinco en el aire junto al bote para ver dónde estaba la hembra. Y luego se había sumergido en la profundidad con sus alas azul-rojizas, que eran sus aletas pectorales, desplegadas ampliamente y mostrando sus franjas del mismo color. “Era hermoso”, recordaba el viejo. “Y se había quedado junto a su hembra.”

“Es lo más triste que he visto jamás en ellos”, pensó. “El muchacho había sentido también tristeza, y le pedimos perdón a la hembra y le abrimos el vientre prontamente.”

–Ojalá estuviera aquí el muchacho –dijo en voz alta y se acomodó contra las redondeadas tablas de la proa y sintió la fuerza del gran pez en el sedal que sujetaba contra sus hombros, moviéndose sin cesar hacia no sabía dónde: adonde el pez hubiese elegido.

SIGNATURA: N HEM vie

Un pastel de chocolate

Hoy se entrega el premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa. Lo celebramos con un fragmento de su prosa y con chocolate.

Una vez el flaco Higueras me regaló un sol cincuenta. “Para que te compres cigarrillos, me dijo, o te emborraches si tienes penas de amor.” Al día siguiente íbamos caminando por la avenida Arica, por la vereda del cine Breña, y de casualidad nos paramos frente a la vitrina de una panadería. Había unos pasteles de chocolate y ella dijo: “¡qué ricos!”. Me acordé de la plata que tenía en el bolsillo, pocas veces he sentido tanta felicidad. Le dije: “espera, tengo un sol y voy a comprar uno” y ella dijo, “no, no estés gastando, lo decía en broma’, pero yo entré y le pedí al chino un pastel. Estaba tan atolondrado que me salí sin esperar el cambio, pero el chino, muy honrado, me dio alcance y me dijo: “le debo una peseta. Téngala”. Le di el pastel y ella me dijo: “pero no va a ser todo para mí. Partamos”. Yo no quería y le aseguraba que no tenía ganas, pero ella insistía y al final me dijo: “al menos dale un mordisco” y estiró la mano y me puso el pastel en la boca. Mordí un pedacito y ella se rió. “Te has manchado toda la cara, me dijo, qué tonta soy, yo tengo la culpa, voy a limpiarte.” Y entonces levantó la otra mano y la acercó a mi cara. Yo me quedé inmóvil y la sonrisa se me heló al sentir que me tocaba y no me atrevía a respirar cuando pasaba sus dedos por mi boca, para no mover los labios, se hubiera dado cuenta que tenía unas ganas de besarle la mano. “Ya está” dijo después y seguimos caminando hacia La Salle, sin hablar una palabra, yo estaba muerto con lo que acababa de pasar, y estaba seguro que se había demorado al pasar su mano por mi boca, o que la había pasado varias veces y yo decía para mí, “a lo mejor lo hizo adrede”.

De La ciudad y los perros (1962).

SIGNATURA: N VAR ciu

Hekinah degul

Os ofrecemos hoy uno de los más conocidos episodios de esa gran novela de aventuras que es Los viajes de Gulliver:

Estaba sumamente cansado, lo que, con el calor reinante y el casi cuartillo de coñac que bebiera al abandonar el barco, hizo que me sintiera con hartas ganas de dormir. Me eché sobre la hierba, que era muy corta y suave, y dormí tan profundamente como no recuerdo haberlo hecho en mi vida, durante más de nueve horas, según calculé, pues amanecía cuando desperté. Fui a levantarme, pero no pude moverme: tendido como estaba de espaldas, descubrí que tenía los brazos y las piernas firmemente sujetos al suelo por ambos lados, y el pelo, largo y espeso, atado de la misma manera. Además sentía unas tenues ligaduras de lado a lado del cuerpo desde los sobacos hasta los muslos. Lo único que podía hacer era mirar para arriba; el sol comenzaba a calentar y la luz me hería la vista. Podía oír un ruido confuso a mi alrededor, pero en la postura en que estaba no podía ver otra cosa que el cielo. A poco sentí que algo se movía sobre mi pierna izquierda y que, avanzando blandamente sobre el pecho, me llegaba hasta cerca de la barbilla; dirigiendo los ojos hacia abajo cuanto pude, observé que se trataba de un ser humano de menos de quince centímetros, que traía en las manos un arco con flecha y una aljaba a la espalda. Al mismo tiempo sentí que al menos otros cuarenta de la misma especie, según supuse, venian tras el primero. Mi asombro fue mayúsculo y solté un rugido tan fuerte que todos ellos echaron a correr despavoridos, lastimándose algunos, como después se me dijo, en las caídas que sufrieron al saltar desde mis costados al suelo. Sin embargo, pronto volvieron, y uno de ellos se aventuró tan cerca como para verme toda la cara, levantando las manos y los ojos para expresar su estupor, gritó con voz chillona pero clara: hekinah degul; los otros repitieron las mismas palabras, pero yo no supe entonces qué querían decir. Como el lector puede suponer, continuaba allí tendido con gran desasosiego.

Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.

SIGNATURA: N SWI via

La pasión más intensa

“No hay, quizás, una historia de pasión tan intensa, tan compleja, como la que viven Ana Karenina y Bronski, su amante”. Así de contundente se muestra el mexicano Sergio Pitol, premio Cervantes 2005, al juzgar Ana Karenina, una de las dos cumbres (la otra es Guerra y paz) de la obra narrativa del escritor ruso León Tolstoi.

Mañana, se cumplen cien años de la muerte de Tolstoi: si eres un lector valiente, que no se asusta por el número de páginas (unas setecientas), y, en especial, si te apasionan las grandes historias de amor, te animamos a celebrar este centenario con la lectura de Ana Karenina.

Para ir abriendo boca, aquí tenéis las primeras líneas de la novela:

Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia desdichada lo es a su manera.

Reinaba la confusión en casa de los Oblonsky. La esposa se había enterado de las relaciones de su marido con la institutriz francesa que había tenido, y le comunicó a aquél que no podían seguir viviendo juntos. Esta situación duraba ya tres días, atormentando tanto a los esposos como a los demás miembros de la familia y la servidumbre. Todos los de la casa se daban cuenta de que no había razón para convivir, y que gentes que se encuentran por casualidad en cualquier posada tienen más de común entre sí. La esposa no salía de sus habitaciones; hacía tres días que el marido no paraba en casa; los niños corrían de un lado para otro, como extraviados; el ama de gobierno inglesa había reñido con el ama de llaves y había escrito a una amiga rogándole que le buscase una colocación; la víspera, el cocinero había abandonado la casa a la hora de comer; la pinche y el cochero habían pedido la cuenta.

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