Momento histórico

Escena de Madre Coraje y sus hijos

Pocos dramaturgos han sabido denunciar desde la escena los horrores de la guerra con tanto acierto como el alemán Bertold Bretch:

Llega Catalina sin aliento, con una herida abierta en la frente que le toma hasta el ojo. Arrastra toda clase de objetos, fardos, arreos, un tambor, etc.

MADRE CORAJE: ¿Te atacaron? ¿Cuándo volvías? La asaltaron cuando volvía. ¡Apostaría a que fue el dragón que se emborrachó en la cantina! No debí dejar que fueras sola. Suelta eso. No es grave, un rasguño nada más. Te pongo una venda y dentro de una semana estarás curada. ¡Son peores que las bestias!

Le venda la herida.

EL CAPELLÁN: ¡Qué se les puede reprochar! Cuando había paz, vivían en sus hogares y no ultrajaban a nadie. Los culpables son los que traman las guerras, los que trastornan la humanidad y erigen el vicio en virtud.

MADRE CORAJE: ¿No te acompañó el escribiente a la vuelta? ¡Claro, qué les importa a ésos lo que pueda ocurrirle a una muchacha decente! La herida no es profunda, no quedará ninguna marca. Bueno, ya está vendada. No llores más, tengo algo para ti. Te lo guardé sin decirte nada, para darte una sorpresa. (Saca los zapatos rojos de Yvette.) ¿Y? ¿Estás contenta? Hace tiempo que los querías. Ahora son tuyos. Póntelos en seguida, antes de que me arrepienta. (Le ayuda a calzarse los zapatos.) Ya verás, no se notará nada. Y aunque se note un poco, no seré yo quien me queje. ¡Pobre de la muchacha que les guste a ésos! La manosean hasta convertirla en un guiñapo. En cambio, a los que no les gusta, por lo menos la dejan en paz. He conocido muchachas que era una gloria verlas y, al poco tiempo, tenían un aspecto como para espantar a los lobos. Una vida terrible. Ni pasar pueden detrás de un árbol sin que alguno se les eche encima. Sucede lo mismo que con los árboles. Los que son vigorosos y erguidos caen bajo el hacha del leñador. Los raquíticos, los mal conformados, a ésos nadie les presta atención, pero siguen viviendo. Créeme, puedes darte por muy contenta. Todavía están en buen estado estos zapatos. Los engrasé bien antes de guardarlos.

Catalina deja los zapatos y se refugia en la carreta.

EL CAPELLÁN: Con tal de que no quede desfigurada.

MADRE CORAJE: Le quedará una cicatriz. Ya no tendrá que desear la paz.

EL CAPELLÁN: Se defendió bien. No le robaron nada.

MADRE CORAJE: No debí decirle que se defendiera. Si pudiera saber qué ideas le pasan por la cabeza. Una vez, una sola vez, no volvió a casa por la noche. Después, siguió yendo y viniendo como antes, pero empezó a trabajar con más ahínco. Nunca llegué a saber lo que le sucedió aquella noche. (Recoge los objetos traídos por Catalina y se pone a ordenarlos furiosamente.) Esto es la guerra. ¡Una hermosa manera de ganarse la vida!

Se oyen varios cañonazos.

EL CAPELLÁN: Están enterrando al Mariscal. Es un momento histórico.

MADRE CORAJE: Han herido a mi hija en el rostro. Para mí, este es el momento histórico. Me la han desfigurado, no podrá encontrar marido, no podrá tener hijos, ella que se vuelve loca por los niños. También su mudez debe agradecérsela a la guerra; de pequeña, un soldado le metió bosta en la boca. A Requesón no lo veré nunca más, y Eilif, Dios sabe dónde está. ¡Maldita sea la guerra!

Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht.

SIGNATURA: T BRE vid

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