Soy un malvado porque no soy feliz

Seleccionamos hoy un fragmento de la novela Frankenstein: su autora, la británica Mary Shelley, no sólo creó al más popular de los monstruos que ha dado la literatura y el cine; también hizo una lúcida reflexión sobre la naturaleza humana y el origen del mal.

La criatura terminó de hablar, y me miró fijamente esperando una respuesta. Pero yo me hallaba desconcertado, perplejo, incapaz de ordenar mis ideas lo suficiente como para entender la trascendencia de lo que me proponía.

-Debes crear para mí una compañera, con la cual pueda vivir intercambiando el afecto que necesito para poder existir. Esto sólo lo puedes hacer tú, y te lo exijo como un derecho que no puedes negarme.

La parte final de su narración había vuelto a reavivar en mí la ira que se me había ido calmando mientras contaba su tranquila existencia con los habitantes de la casita. Cuando dijo esto no pude contener mi furor.

-Pues sí, me niego -contesté-, y ninguna tortura conseguirá que acceda. Podrás convertirme en el más desdichado de los hombres, pero no lograrás que me desprecie a mí mismo. ¿Crees que podría crear otro ser como tú, para que uniendo vuestras fuerzas arraséis el mundo? ¡Aléjate! Te he contestado: podrás torturarme, ¡pero jamás consentiré!

-Te equivocas -contestó el malvado ser-; pero, en vez de amenazarte, estoy dispuesto a razonar contigo. Soy un malvado porque no soy feliz; ¿acaso no me desprecia y odia toda la humanidad? Tú, mi creador, quisieras destruirme, y lo llamarías triunfar. Recuérdalo, y dime, pues, ¿por qué debo tener yo para con el hombre más piedad de la que él tiene para conmigo? No sería para ti un crimen, si me pudieras arrojar a uno de esos abismos, y destrozar la obra que con tus propias manos creaste. ¿Debo, pues, respetar al hombre cuando éste me condena? Que conviva en paz conmigo, y yo, en vez de daño, le haría todo el bien que pudiera, llorando de gratitud ante su aceptación. Mas no, eso es imposible; los sentidos humanos son barreras infranqueables que impiden nuestra unión. Pero mi sometimiento no será el del abatido esclavo. Me vengaré de mis sufrimientos; si no puedo inspirar amor, desencadenaré el miedo; y especialmente a ti, mi supremo enemigo, por ser mi creador, te juro odio eterno. Ten cuidado: me dedicaré por entero a la labor de destruirte, y no cejaré hasta que te seque el corazón, y maldigas la hora en que naciste.

Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley.

SIGNATURA: N SHE fra

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