El Cervantes para la niña grande

Aunque es autora de numerosos relatos infantiles, como El polizón del «Ulises», premio Lazarillo, dice Matute (Ana María, claro) que la mayoría de sus novelas “no tienen nada que ver con la infancia, sino con lo que todos tenemos que ver con la infancia, que es que la llevamos dentro”.

Perteneciente a la generación del 50, la de los “niños de la guerra”, sus personajes más logrados son niños precozmente crecidos para el sufrimiento, o adultos inadaptados que añoran la infancia que nunca tuvieron. En una entrevista, en 1972, aseguraba: “Es un gran error decir que el niño es un proyecto de hombre; yo pienso que es al revés: que el hombre es un trocito del niño que fue, porque a lo largo de la vida si cambiamos, siempre es para empeorar”.

Sin duda, el trocito de niña que hay en Matute, pese a sus 85 años, no es pequeño. Dan cuenta de ello su arrebatadora vitalidad, su rebeldía de niña insolente, su pasión por la fábula y lo maravilloso, la difícil sencillez de su lenguaje.

Hoy ha recibido el premio Cervantes. Hace mucho que lo merecía. Felicidades, Ana María.

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