Dos mujeres en tiempos de guerra

Cuando la muerte le sorprendió, en 1959, el poeta y editor malagueño Manuel Altolaguirre estaba preparando un libro de memorias, El caballo griego, que quedó incompleto. En estos apuntes, además de retratar a importantes figuras de su generación literaria, la del 27, cuenta algunas de sus vivencias durante la guerra civil y el inicio del exilio. Os ofrecemos un fragmento del libro:

Entre las actrices de la compañía estudiantil «La Barraca», se destacaba una preciosa muchacha morena, a la que llamábamos La Venadita. Era extremadamente delgada. De piel de un ligero tinte verde aceituna, con unos almendrados ojos negros. Vivía sola, pues con motivo de la guerra había quedado separada de sus padres y sus hermanos, que habitaban la zona rebelde. La menciono porque fui testigo de la gran pasión que despertó en uno de mis mejores amigos. Todas las mañanas, cuando desayunábamos juntos en un comedor especial que el Socorro Rojo Internacional instaló para los intelectuales, mi amigo no probaba bocado de la ración que le correspondía y diariamente salía de ese comedor con la jarrita de leche humeante y los panecillos y, tomando un tranvía, recorría gran parte de la ciudad hasta la casa de la muchacha. Subía tres pisos de empinadas escaleras y dejaba a la puerta del departamento el desayuno para su amada. Esto sucedió durante varios meses y nunca La Venadita supo quién fue su abastecedor matutino.

En contraste con este recuerdo, me sobrecoge pensar en mi encuentro con la poetisa Margarita Cañedo, que con razón perdida, despeinada y mostrando desgarrados sus antiguos vestidos, se me apareció en una calle de Valencia. Había sido, en tiempo de la monarquía, amante de un infante de España, que la colmó de riquezas. Vivía en un palacete con fachada de mármol y lucía lujosas alhajas cuando asistía a los teatros. Sin duda el desvío de su amante hizo que adoptara ideas republicanas. Para congraciarse con el nuevo régimen, hacía alarde de ideas revolucionarias, frecuentando el Ateneo y otros círculos de intelectuales. En mi imprenta edité su libro de poemas titulado Pez en la Tierra. Se trataba de una serie de composiciones bien escritas que expresaban sensaciones eróticas. Su autora daba la siguiente explicación del título: «Como un “pez en la tierra” es la mujer enamorada. Así se mueve». Recuerdo que este libro fue comentado por la crítica del modo siguiente: «Paz en la Tierra es un libro de profundos sentimientos religiosos». El crítico, al leer «Paz» y no «Pez», equivocó el sentido de la frase.

Margarita Cañedo no pudo resistir el ambiente de la guerra. Se sentía sola, desesperada, sin comprender la razón de los acontecimientos y con un terror inmenso por el porvenir.

SIGNATURA: E ALT cab

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