Semana de la lectura: la lectura de los clásicos

Borges opinaba que un clásico era “aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, faltal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”: esa preferencia, que bien podría ser -en opinión de Borges- una superstición, propiciaba la lectura de esos textos “con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Hoy, esa superstición y esa lealtad se han perdido y han sido sustituidas por la superstición del mercado, que ha convertido al libro en un producto y que considera que el mejor libro es el que más se vende.

Al atropello de los mercados, oponemos la sabiduría del escritor italiano Italo Calvino, que, en su ensayo ¿Por qué leer a los clásicos?, nos regalaba argumentos de peso para regresar a estas lecturas: “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”; “toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”; “los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”…

Una de las paradojas de la literatura clásica es que en ella la palabra perdura pero para decir algo diferente: su sentido varía al variar el mundo al que se dirigían los autores que la forjaron. Sobre esta paradoja -y algunas otras- trata el poema de José Emilio Pacheco que os ofrecemos a continuación y con el que cerramos el artículo de hoy:

CHAPULTEPEC: LA CALZADA DE LOS POETAS

En el Bosque de Chapultepec y cerca del lago hay una calzada
en que se levantan monumentos de bronce a los poetas mexicanos.
Guía de la Ciudad de México

Acaso más durable que sus versos el bronce
y nadie alza los ojos para mirarlos.
Aquí en el bosque sagrado,
cerca del lago y la fuente,
enmedio de los árboles que se mueren de sed,
por fin se encuentran en paz.

La hojarasca de otoño les devuelve en la tarde
palabras que dejaron sin saber para quién ni cuándo.

Y perduran en bronce porque escribieron.
(No para estar en bronce escribieron.)

Extraña sensación esta vida inmóvil
que sólo se reanima cuando alguien los lee.

¿Qué leemos
cuando leemos?
¿Qué invocamos
al decirnos por dentro lo que está escrito por ellos
en otro tiempo, incapaz
de imaginar el mundo como es ahora?

Algo muy diferente sin duda alguna.
Se gastan las palabras, cambia el sentido.

Aquí bajo el sol, la lluvia, el polvo, el esmog, la noche
yacen los prisioneros de las palabras.

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