El espejo y la navaja

En nuestra Antología de textos literarios ya incluimos un fragmento de Frankenstein, de Mary Shelley. Incorporamos hoy una escena de la novela Drácula, de Bram Stoker. ¿Cuál te parece más terrorífica? Puedes contárnoslo en nuestro Twitter @bibliolaorden, donde nuestros seguidores siguen tomando partido entre Frankie y Drackie.

Después de haberme acostado y descansado apenas unas pocas horas, sentí que no podía dormir más y me levanté. Había colgado el espejo para asearme junto a la ventana, y acababa de empezar a afeitarme. De repente sentí una mano en mi hombro y escuché la voz del Conde que me decía: «Buenos días». Me sobresalté, pues me sorprendió no haberle visto, ya que el espejo reflejaba toda la habitación que tenía a mis espaldas. Al sobresaltarme, me corté ligeramente, pero no me di cuenta de ello en ese momento. Una vez que hube respondido al saludo del Conde, volví a mirar el espejo para comprobar que me había equivocado. Esta vez no había error posible, pues el Conde estaba cerca de mí y podía verle por encima de mi hombro. ¡Pero no se reflejaba en el espejo! Podía ver toda la habitación, pero no había en ella señal de ser humano alguno, excepto yo mismo. Era algo sobrecogedor, y ocurriendo como colofón de tantas cosas extrañas, tuvo como resultado esa vaga sensación de inquietud que siempre experimentaba cuando el Conde estaba cerca de mí; en ese mismo instante vi que la herida había sangrado un poco, y que la sangre se deslizaba por mi barbilla. Dejé la navaja dándome al propio tiempo media vuelta para buscar un poco de esparadrapo. Cuando el Conde vio mi rostro, sus ojos brillaron con una especia de furia demoniaca y, de improviso, me agarró por el cuello. Me eché hacia atrás y su mano rozó el rosario del que pendía el crucifijo que yo llevaba. Esto produjo en él un cambio instantáneo, pues su furia desapareció con tanta rapidez que yo casi no podía creer lo que había sucedido.

navaja

—Tenga cuidado —dijo—, tenga cuidado de no cortarse. En este país eso es más peligroso de lo que usted piensa. —Después, cogiendo el espejo, añadió—: Y éste es el miserable objeto que ha causado tal desgracia. Repugnante baratija propia de la vanidad del hombre. ¡Fuera con él! —Y, abriendo el pesado ventanal con un tirón de su terrible mano, arrojó el espejo, que fue a romperse allá abajo, sobre las losas del patio, en mil pedazos. Después se retiró sin decir una sola palabra más. Esto es muy molesto, porque ahora no sé cómo me voy a afeitar, a menos que utilice la tapa de mi reloj o el fondo de la bacinilla, que, afortunadamente, es de metal.

Drácula, de Bram Stoker.

SIGNATURA: N STO dra

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