Renovadores de la posguerra

2016 ha sido el año del centenario del nacimiento de tres escritores muy importantes en el devenir de nuestra literatura. Los tres, desde distintos géneros, contribuyeron a renovar profundamente la literatura de posguerra: Antonio Buero Vallejo, desde el teatro; Blas de Otero, desde la poesía; y Camilo José Cela, desde la novela.

En la biblioteca disponemos de varias obras emblemáticas de la producción literaria de estos tres escritores. De Antonio Buero Vallejo, tenemos numerosos títulos: Historia de una escalera (1949), En la ardiente oscuridad (1950), Un soñador para un pueblo (1958), El tragaluz (1967)… De Blas de Otero, te recomendamos la antología Verso y prosa, que ofrece una selección de sus mejores poemas: los incluidos en libros como Ángel fieramente humano (1950) o Pido la paz y la palabra (1955). Por último, encontraréis en nuestros estantes ejemplares de las dos novelas más conocidas de Camilo José Cela —La familia de Pascual Duarte (1942) y La colmena (1951)—, así como de Viaje a la Alcarria (1948), su mejor contribución al género del libro de viajes.

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Para iros abriendo el apetito, os presentamos ahora una muestra de la literatura de cada uno de estos autores.

De Antonio Buero Vallejo hemos elegido la escena final de Historia de una escalera. Trata de una pareja de enamorados, Fernando y Carmina, que sueña con abandonar la mísera existencia que llevan. Sin embargo, la relación no prospera. Años después, el hijo de Fernando y la hija de Carmina se enamoran y viven ilusionados con realizar los sueños que sus padres traicionaron.

Fernando, Hijo.— ¡Carmina! (Aunque esperaba su presencia, ella no puede reprimir un historia-de-una-escalerasuspiro de susto. Se miran un momento y en seguida ella baja corriendo y se arroja en sus brazos.) ¡Carmina!…

Carmina, Hija.— ¡Fernando! Ya ves… Ya ves que no puede ser.

Fernando, Hijo.— ¡Sí puede ser! No te dejes vencer por su sordidez. ¿Qué puede haber de común entre ellos y nosotros? ¡Nada! Ellos son viejos y torpes. No comprenden… Yo lucharé para vencer. Lucharé por ti y por mí. Pero tienes que ayudarme, Carmina. Tienes que confiar en mí y en nuestro cariño.

Carmina, Hija.— ¡No podré!

Fernando, Hijo.— Podrás. Podrás… porque yo te lo pido. Tenemos que ser más fuertes que nuestros padres. Ellos se han dejado vencer por la vida. Han pasado treinta años subiendo y bajando esta escalera… Haciéndose cada día más mezquinos y más vulgares. Pero nosotros no nos dejaremos vencer por este ambiente. ¡No! Porque nos marcharemos de aquí. Nos apoyaremos el uno en el otro. Me ayudarás a subir, a dejar para siempre esta casa miserable, estas broncas constantes, estas estrecheces. Me ayudarás, ¿verdad? Dime que sí, por favor. ¡Dímelo!

Carmina, Hija.— ¡Te necesito, Fernando! ¡No me dejes!

Fernando, Hijo. —¡Pequeña! (Quedan un momento abrazados. Después, él la lleva al primer escalón y la sienta junto a la pared, sentándose a su lado. Se cogen las manos y se miran arrobados.) Carmina, voy a empezar en seguida a trabajar por ti. ¡Tengo muchos proyectos! (Carmina, la madre, sale de su casa con expresión inquieta y los divisa, entre disgustada y angustiada. Ellos no se dan cuenta.) Saldré de aquí. Dejaré a mis padres. No los quiero. Y te salvaré a ti. Vendrás conmigo. Abandonaremos este nido de rencores y de brutalidad.

Carmina, Hija.— ¡Fernando!

(Fernando, el padre, que sube la escalera, se detiene, estupefacto, al entrar en escena.)

Fernando, Hijo.— Sí, Carmina. Aquí sólo hay brutalidad e incomprensión para nosotros. Escúchame. Si tu cariño no me falta, emprenderé muchas cosas. Primero me haré aparejador. ¡No es difícil! En unos años me haré un buen aparejador. Ganaré mucho dinero y me solicitarán todas las empresas constructoras. Para entonces ya estaremos casados… Tendremos nuestro hogar, alegre y limpio…, lejos de aquí. Pero no dejaré de estudiar por eso. ¡No, no, Carmina! Entonces me haré ingeniero. Seré el mejor ingeniero del país y tú serás mi adorada mujercita…

Carmina, Hija.— ¡Fernando! ¡Qué felicidad!… ¡Qué felicidad!

Fernando, Hijo.— ¡Carmina!

(Se contemplan extasiados, próximos a besarse. Los padres se miran y vuelven a observarlos. Se miran de nuevo, largamente. Sus miradas, cargadas de una infinita melancolía, se cruzan sobre el hueco de la escalera sin rozar el grupo ilusionado de los hijos.)

De Blas de Otero os ofrecemos uno de sus más famosos sonetos, el titulado «Hombre», perteneciente a Ángel fieramente humano (1950): es una de las máximas expresiones de la angustia existencial de la primera época de su poesía.

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenertesisifo
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

Finalmente, de Camilo José Cela os ofrecemos un fragmento de La familia de Pascual Duarte (1942), novela que narra, en primera persona, las memorias de un campesino condenado a muerte, cuya vida ha estado siempre marcada por la violencia:

Tenía una perrilla perdiguera —la Chispa—, medio ruin, medio bravía, pero que se entendía muy bien conmigo; con ella me iba muchas mañanas hasta la Charca, a legua y media del pueblo hacia la raya de Portugal, y nunca nos volvíamos de vacío para casa. Al volver, la perra se me adelantaba y me esperaba siempre junto al cruce; había allí una piedra redonda y achatada como una silla baja, de la que guardo tan grato recuerdo como de cualquier persona; mejor, seguramente, que el que guardo de muchas de ellas. Era ancha y algo hundida y cuando me sentaba se me escurría un poco el trasero (con perdón) y quedaba tan acomodado que sentía tener que dejarla; me pasaba largos ratos sentado sobre la pipascual-duarteedra del cruce, silbando, con la escopeta entre las piernas, mirando lo que había de verse, fumando pitillos. La perrilla, se sentaba enfrente de mí, sobre sus dos patas de atrás, y me miraba, con la cabeza ladeada, con sus dos ojillos castaños muy despiertos; yo le hablaba y ella, como si quisiese entenderme mejor, levantaba un poco las orejas; cuando me callaba aprovechaba para dar unas carreras detrás de los saltamontes, o simplemente para cambiar de postura. Cuando me marchaba, siempre, sin saber por qué, había de volver la cabeza hacia la piedra, como para despedirme, y hubo un día que debió parecerme tan triste por mi marcha, que no tuve más suerte que volver sobre mis pasos a sentarme de nuevo. La perra volvió a echarse frente a mí y volvió a mirarme; ahora me doy cuenta de que tenía la mirada de los confesores, escrutadora y fría, como dicen que es la de los linces… un temblor recorrió todo mi cuerpo; parecía como una corriente que forzaba por salirme por los brazos, el pitillo se me había apagado; la escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente, entre mis piernas. La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del animal.

Cogí la escopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre oscura y pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra.

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