El legado

Rafael Cansinos Assens fue uno de los escritores más importantes de la generación del 14, que tanto contribuyó a la modernización de nuestra literatura. Al libro El llanto irisado, pertenece “El reloj”, un cuento que reflexiona sobre el tiempo y la muerte, y que finaliza así:

—¿Qué quería usted, padre? —exclamó de pronto la hija mayor, alarmada por un gesto del anciano, ese gesto inefable con el que los enfermos dan a entender que se sienten morir.

Y llegose al viejo y arrodillose a sus pies, como para recibir su bendición. El anciano abrió muchos los ojos, y, mirándola de un modo misterioso, le dijo:

—Me muero.

Luego, con semblante lleno de angustia y con una dolorosa expresión de indigencia, fue posando la mirada en los humildes muebles del aposento, como si buscase algo precioso que legar a sus hijas. De pronto, tendió las manos en dirección al reloj, como si quisiera recoger el reflejo de sol que llenaba de claridad el muro.

—¡El reloj! —murmuró—. ¡El reloj! ¡Ya no tiene cuerda!

Efectivamente; el péndulo dorado, que como un puñal cortaba el hilo del tiempo, se había detenido y brillaba, quieto, en la diafanidad de la urna.

—¡El reloj! —volvió a clamar el moribundo.

La hija mayor llamó entonces a la hermana, y entre las dos, conteniendo su llanto, descolgaron, como otras veces, la pesada caja, y, puestas de rodillas, presentáronsela entre sus brazos al moribundo, como si fuera su primer nieto.

Con mano trémula, el anciano buscó el corazón de la máquina y dotola de movimiento a expensas de su vida. Las hijas callaban, como si comprendieran toda la misteriosa solemnidad del instante. Cuando el anciano volvió a oír la sencilla y monótona música de aquel pavoroso laúd, sonrió de un modo inefable, como transido de misterioso júbilo. Se moría. El generoso esfuerzo le había costado la vida, y ni siquiera tenía ya ánimos para bendecir a las hijas, arrodilladas.

Pero sus ojos sonreían, como si su alma tuviese la conciencia de haberles legado una dote incomparable: el tiempo y su inmortalidad, encerrados en aquella urna.

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