Un nuevo compañero

Qué me quieres, amor, portadaLa relación entre un niño y su maestro en los meses previos a la guerra civil es el tema sobre el cual gira el cuento de Manuel Rivas «La lengua de las mariposas», incluido  en el volumen ¿Qué me quieres, amor?, y llevado al cine, con igual maestría, por José Luis Cuerda. Os ofrecemos hoy un fragmento muy significativo de la historia y muy relacionado con el día de hoy en que comenzamos las clases.

Yo iba para seis años y todos me llamaban Pardal. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado. Prefería verme lejos que no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, el que me puso el apodo: «Pareces un pardal».

Creo que nunca he corrido tanto como aquel verano anterior a mi ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica. «¡Ya verás cuando vayas a la escuela!». Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancaran las amígdalas con la mano, la forma en que el maestro les arrancaba la jeada del habla, para que no dijesen ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo. ¡Muchos palos llevamos por culpa de Juadalagara!». Si de verdad me quería meter miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de delantal de carnicero. No mentiría si les hubiese dicho a mis padres que estaba enfermo.

El miedo, como un ratón, me roía las entrañas.

Y me meé. No me meé en la cama, sino en la escuela.

La lengua de las mariposas, fotogramas

Lo recuerdo muy bien. Han pasado tantos años y aún siento una humedad cálida y vergonzosa resbalando por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio agachado con la esperanza de que nadie reparase en mi presencia, hasta que pudiese salir y echar a volar por la Alameda.

«A ver, usted, ¡póngase de pie!».

El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que aquella orden iba por mí. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla, Era pequeña, de madera, pero a mí me pareció la lanza de Abd el Krim.

«¿Cuál es su nombre?».

«Pardal».

Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me golpeasen con latas en las orejas.

«¿Pardal?».

No me acordaba de nada. Ni de mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré hacia el ventanal, buscando con angustia los árboles de la Alameda.

Y fue entonces cuando me meé.

Cuando los otros chavales se dieron cuenta, las carcajadas aumentaron y resonaban como latigazos.

Huí. Eché a correr como un locuelo con alas. Corría, corría como sólo se corre en sueños cuando viene detrás de uno el Hombre del Saco. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mí. Podía sentir su aliento en el cuello, y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré hacia atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba a solas con mi miedo, empapado de sudor y meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía fijarse en mí, pero yo tenía la sensación de que todo el pueblo disimulaba, de que docenas de ojos censuradores me espiaban tras las ventanas y de que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarles la noticia a mis padres. Mis piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinacíón desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta Coruña y embarcaría de polizón en uno de esos barcos que van a Buenos Aires.

Desde la cima del Sinaí no se veía el mar, sino otro monte aún más grande, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y melancolía lo que logré hacer aquel día. Yo solo, en la cima, sentado en la silla de piedra, bajo las estrellas, mientras que en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi busca. Mi nombre cruzaba la noche a lomos de los aullidos de los perros. No estaba impresionado. Era como si hubiese cruzado la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando apareció junto a mí la sombra recia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me cogió en brazos. «Tranquilo, Pardal, ya pasó todo».

Aquella noche dormí como un santo, bien arrimado a mi madre. Nadie me había reñido. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como había sucedido cuando se murió la abuela.

Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado la mano durante toda la noche. Así me llevó, cogido como quien lleva un serón, en mi regreso a la escuela. Y en esta ocasión, con el corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.

El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. «Me gusta ese nombre, Pardal». Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano hacia su mesa y me sentó en su silla. El permaneció de pie, cogió un libro y dijo:

«Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso». Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos.

Manuel Rivas

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Vacaciones que duran 75 años

 

El próximo viernes comienza el curso escolar y se acaban las vacaciones. No así en las maravillosas aventuras de Los Cinco, de la autora británica Enid Blyton, una serie de veintiuna novelas cuya acción trascurre siempre en vacaciones de verano o Navidad, momento en el que se reencuentran los hermanos Julian, Dick y Anne con su prima George y su perro Timmy y les sucede todo tipo de cosas extraordinarias. Hoy se cumplen 75 años de la publicación de la primera —y veraniega— novela de la serie (Los Cinco y el tesoro de la isla), una buena oportunidad para leerla y seguir disfrutando de sol, tiempo libre y aventura.

100 años de “Charlot, inmigrante”

En 1914 debutó Charlot, el personaje del actor y director Charles Chaplin que se convertiría en el gran símbolo del cine mudo cómico. Y tal día como hoy de 1917, hace justo 100 años, se estrenaba el cortometraje Charlot, inmigrante, que os invitamos a disfrutar. En esta película, Charlot es un inmigrante recién llegado a los Estados Unidos en barco desde Europa, al que acusan falsamente de querer robar a una chica, a quien, en realidad, pretendía ayudar. Chaplin se refirió a la época en que produjo esta y otras películas con la Mutual Film Corporation, como la “más feliz de su carrera”.

Fábula, teatro, música… magia

Chagall Poster
La flauta mágica (1967) de Marc Chagall

La flauta mágicaHoy os invitamos a disfrutar de la última ópera de Mozart, La flauta mágica, una obra en la que la suma de fábula (es un cuento de hadas), teatro y música da un resultado fascinante: dos horas de pura magia. En la BLO disponemos de un par de CD-libros, con la versión de la Orquesta Filarmónica de Viena y más de cien páginas de información sobre esta obra maestra de la música clásica.

En Internet, la web Kareol nos ofrece una traducción al español del libreto de Emanuel Schikaneder, que te enlazamos aquí. También puedes ver en YouTube interpretaciones geniales como esta de Diana Damrau, en el papel de la Reina de la Noche:

Y los ganadores son…

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Hoy hemos dado a conocer el fallo del jurado del Certamen de Poesía y Relato Corto «IES La Orden», dedicado en esta edición a la poeta Gloria Fuertes, por su centenario, y a la capitalidad gastronómica de Huelva.

Os presentamos los trabajos premiados y las fotos de los ganadores recibiendo sus premios. ¡Enhorabuena a Paula, Jesús y José Luis!

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