La gallina y otros bichos

¿Te gustan los animales? Si es así, seguro que te gusta también el libro Hasta (casi) 100 bichos, de Daniel Nesquens, que reúne, a modo de bestiario, la descripción de casi cien animales, con un humor que debe mucho a su maestro Jardiel Poncela, del que nos destaca una cita: “El hombre es el animal que más se parece al hombre”. Os presentamos como aperitivo un fragmento de la entrada dedicada a la gallina:

La Gallina es un ave doméstica a la que le encantaría poseer un aspirador y pasarlo por el suelo para encontrar fácilmente las larvas, lombrices y gusanos con que alimentarse. La gallina se cría, normalmente, en los pueblos.

El objeto de su cría es aprovechar sus huevos. Huevos hay de muchos tipos: si está lloviendo, pasados por agua; si no se rompen, duros; si son de chocolate, de pascua; si se sostienen en pie, de colón…

En el principio de los tiempos la gallina ponía sus huevos y nadie sabía qué hacer con ellos, hasta que un día acertó a caer un huevo en una sartén donde se estaba friendo una pequeña cantidad de aceite de oliva: el resultado todos lo conocemos. Aunque se tuvo que esperar cerca de cien años para que una patata cortada en tiras se cayera en una sartén donde se estaba friendo un huevo.

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El armario

El león, la bruja y el armarioTal día como hoy de 1963, muere en Oxford C. S. Lewis, el autor de Las Crónicas de Narnia, una de las más apasionantes sagas de la literatura fantástica juvenil. Os ofrecemos un fragmento de la primera novela de la serie: El león, la bruja y el armario. La acción se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial. Para protegerlos de los bombardeos, cuatro hermanos son llevados a la casa rural del profesor Digory Kirke. Mientras exploran la casa, Lucy, la más pequeña de los hermanos, hace un insólito descubrimiento…

La niña se quedó atrás porque pensó que valía la pena intentar abrir la puerta del armario, aunque estaba casi segura de que estaría cerrada con llave. Ante su sorpresa se abrió con facilidad y cayeron al suelo dos bolas de naftalina.

Al mirar dentro, vio varios abrigos colgados, que en su mayoría eran largos y de piel. No había nada que a Lucy le gustara más que el olor y el tacto de la piel, así que se metió inmediatamente en el armario, se cobijó entre los abrigos y restregó el rostro contra ellos, dejando la puerta abierta, desde luego, porque sabía que era una soberana tontería encerrarse en un armario. No tardó en introducirse más en él y descubrió que había una segunda hilera de abrigos colgados detrás de la primera. Estaba muy oscuro allí dentro así que estiró los brazos hacia delante para no chocar de cara contra el fondo del armario. Dio un paso más —luego dos o tres— esperando siempre palpar el fondo de madera con la punta de los dedos; pero no lo encontró.

Lucy y el armario

«¡Madre mía! ¡Este armario es enorme!», pensó Lucy, avanzando más aún, a la vez que apartaba a un lado los suaves pliegues de los abrigos para poder pasar. Entonces notó que había algo que crujía bajo sus pies. «¿Serán más bolas de naftalina? », se preguntó, inclinándose para palparlo con la mano. Pero en lugar de tocar la dura y lisa madera del suelo del armario, tocó algo blando, arenoso y sumamente frío.

—Esto es muy raro —dijo, y dio un paso o dos más al frente.

Al cabo de un instante se percató de que lo que le rozaba el rostro y las manos ya no era suave piel sino algo duro y áspero e incluso espinoso.

—¡Vaya, pero si son ramas de árboles! —exclamó.

Y entonces vio que había una luz más adelante; no unos cuantos centímetros más allá donde debería haber estado la parte posterior del armario, sino bastante más lejos. Algo frío y blando le caía encima, y no tardó en descubrir que estaba de pie en medio de un bosque en plena noche con nieve bajo los pies y copos cayendo desde lo alto.

Lucy se asustó un poco, pero también la embargó la curiosidad y la emoción. Miró por encima del hombro y allí, entre los oscuros troncos de los árboles pudo ver aún la puerta abierta del armario e incluso vislumbrar la habitación vacía de la que había partido; pues, como era de esperar, había dejado la puerta abierta, ya que sabía que era una soberana tontería encerrarse en un armario. Allí aún parecía ser de día. «Siempre puedo regresar si algo sale mal», pensó, y empezó a avanzar, con la nieve crujiendo bajo sus pies mientras cruzaba el bosque en dirección a la otra luz. La alcanzó al cabo de unos diez minutos y descubrió que se trataba de un farol. Mientras estaba allí de pie, contemplándola, preguntándose por qué había un farol en medio de un bosque y también qué haría a continuación, oyó un golpeteo de pasos que se dirigían hacia ella. Y, casi inmediatamente después, una persona muy extraña surgió de los árboles y penetró en el haz de luz que proyectaba el farol.

Era apenas un poco más alto que Lucy y sostenía un paraguas sobre la cabeza, blanco por la nieve. De la cintura para arriba era igual que un hombre, pero sus piernas eran como las de una cabra —con un pelaje de un negro lustroso— y en lugar de pies tenía pezuñas de cabra. También tenía cola, pero Lucy no la vio al principio ya que reposaba tranquilamente sobre el brazo que sostenía el paraguas para impedir que se arrastrara por la nieve.

Crónicas de Narnia

Llevaba una bufanda roja de lana alrededor del cuello y su piel también era bastante rojiza. Tenía la cara menuda, extraña pero agradable, con una barba corta y puntiaguda y una melena rizada de la que sobresalían dos cuernos, uno a cada lado de la frente. Como ya he dicho, con una mano sostenía el paraguas; en el otro brazo llevaba varios paquetes envueltos en papel marrón. Entre los paquetes y la nieve parecía que acabara de realizar sus compras de Navidad. El recién llegado era un fauno, y cuando vio a Lucy se sobresaltó de tal modo que dejó caer todos los paquetes.

—¡Válgame Dios! —exclamó el fauno.

Demonios

Tom, piel de escarchaSally Prue es una escritora británica de literatura juvenil muy exitosa. Su novela Cold Tom (Tom piel de escarcha), de temática fantástica, ha recibido diversos premios y ha sido calificada como “inquietante, lírica, ecuánime y segura” por los críticos del prestigioso The Guardian. Os ofrecemos su misterioso comienzo.

La Tribu huyó despavorida. Tom, frenético, corrió a esconderse entre las ramas moradas de un endrino cubierto por la maleza y se quedó tan quieto como pudo.

Eran tres. Demonios. No especialmente grandes –éstos no–, pero sí pesados, calientes, torpes, y se bramaban unos a otros con sus feas voces. Tom intentó acallar su respiración. ¿Cómo era posible que los demonios hubiesen llegado hasta allí? No se había dormido, de eso estaba seguro. Debería haberlos visto llegar hacía rato.

Se dirigían hacia él. Sus pisotones producían bastante ruido, así que ¿por qué no los había oído antes?

Volvieron a aparecer por detrás de una maraña de espino, y ahora podía olerlos, rancios y hediondos. No paraban de tocarse y abrazarse unos a otros, y cada uno proyectaba sombras esclavizantes sobre las mentes de los demás.

Tom contuvo la respiración para no vomitar.

Iban a pasar justo por debajo de donde estaba escondido. Tom sintió cómo el corazón le latía con fuerza contra las costillas. Aunque los demonios estaban algo ciegos y sordos, ahora se hallaban muy cerca. El endrino temblaba con la vibración de sus pisadas.

Uno de los demonios estiró su pesado brazo. Arrancó una rama que estaba en su camino y el árbol entero se sacudió y dio un latigazo hacia atrás; Tom resbaló. Cayó, buscó algo a lo que agarrarse, por fin lo logró y se quedó colgando.

Había hecho graznar a los pájaros, pero los demonios ni siquiera volvieron la cabeza. Siguieron avanzando con su paso plomizo, medio sordos, desatentos. Para cuando Tom había conseguido hacer pie de nuevo, todo lo que quedaba de ellos era el feo gruñido de sus voces.

 

Un nuevo compañero

Qué me quieres, amor, portadaLa relación entre un niño y su maestro en los meses previos a la guerra civil es el tema sobre el cual gira el cuento de Manuel Rivas «La lengua de las mariposas», incluido  en el volumen ¿Qué me quieres, amor?, y llevado al cine, con igual maestría, por José Luis Cuerda. Os ofrecemos hoy un fragmento muy significativo de la historia y muy relacionado con el día de hoy en que comenzamos las clases.

Yo iba para seis años y todos me llamaban Pardal. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado. Prefería verme lejos que no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, el que me puso el apodo: «Pareces un pardal».

Creo que nunca he corrido tanto como aquel verano anterior a mi ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica. «¡Ya verás cuando vayas a la escuela!». Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancaran las amígdalas con la mano, la forma en que el maestro les arrancaba la jeada del habla, para que no dijesen ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo. ¡Muchos palos llevamos por culpa de Juadalagara!». Si de verdad me quería meter miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de delantal de carnicero. No mentiría si les hubiese dicho a mis padres que estaba enfermo.

El miedo, como un ratón, me roía las entrañas.

Y me meé. No me meé en la cama, sino en la escuela.

La lengua de las mariposas, fotogramas

Lo recuerdo muy bien. Han pasado tantos años y aún siento una humedad cálida y vergonzosa resbalando por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio agachado con la esperanza de que nadie reparase en mi presencia, hasta que pudiese salir y echar a volar por la Alameda.

«A ver, usted, ¡póngase de pie!».

El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que aquella orden iba por mí. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla, Era pequeña, de madera, pero a mí me pareció la lanza de Abd el Krim.

«¿Cuál es su nombre?».

«Pardal».

Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me golpeasen con latas en las orejas.

«¿Pardal?».

No me acordaba de nada. Ni de mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré hacia el ventanal, buscando con angustia los árboles de la Alameda.

Y fue entonces cuando me meé.

Cuando los otros chavales se dieron cuenta, las carcajadas aumentaron y resonaban como latigazos.

Huí. Eché a correr como un locuelo con alas. Corría, corría como sólo se corre en sueños cuando viene detrás de uno el Hombre del Saco. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mí. Podía sentir su aliento en el cuello, y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré hacia atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba a solas con mi miedo, empapado de sudor y meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía fijarse en mí, pero yo tenía la sensación de que todo el pueblo disimulaba, de que docenas de ojos censuradores me espiaban tras las ventanas y de que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarles la noticia a mis padres. Mis piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinacíón desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta Coruña y embarcaría de polizón en uno de esos barcos que van a Buenos Aires.

Desde la cima del Sinaí no se veía el mar, sino otro monte aún más grande, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y melancolía lo que logré hacer aquel día. Yo solo, en la cima, sentado en la silla de piedra, bajo las estrellas, mientras que en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi busca. Mi nombre cruzaba la noche a lomos de los aullidos de los perros. No estaba impresionado. Era como si hubiese cruzado la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando apareció junto a mí la sombra recia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me cogió en brazos. «Tranquilo, Pardal, ya pasó todo».

Aquella noche dormí como un santo, bien arrimado a mi madre. Nadie me había reñido. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como había sucedido cuando se murió la abuela.

Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado la mano durante toda la noche. Así me llevó, cogido como quien lleva un serón, en mi regreso a la escuela. Y en esta ocasión, con el corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.

El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. «Me gusta ese nombre, Pardal». Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano hacia su mesa y me sentó en su silla. El permaneció de pie, cogió un libro y dijo:

«Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso». Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos.

Manuel Rivas

La manta dividida

cuentos-medievalesJacqueline Mirande es la autora de Cuentos y leyendas de la Edad Media, un libro en el que adapta algunos relatos y leyendas medievales. «La manta dividida» cuenta la historia de un rico burgués viudo que casa a su único hijo con la hija de un caballero, renunciando a todos sus bienes en favor de ellos. Pasan los años y la hija del caballero, que desprecia a su suegro por no ser más que un comerciante, le exige a su marido que eche de casa al anciano. El marido accede y comunica a su padre que debe marcharse. Así concluye la historia:

Entonces el padre se levantó resignadamente y, a pesar de sus escasas fuerzas, se dispuso a marcharse de casa. En el umbral de la puerta, le dijo a su hijo:

–Puesto que así lo quieres, me marcho, pero al menos dame una manta para protegerme del frío. Una manta cualquiera, aunque sea la de alguno de tus caballos.

Eso no se lo podía negar. Llamó a su hijo y le ordenó:

–Ve al establo y trae la manta de mi caballo negro. Es la mejor que hay. Se la darás a tu abuelo.

El muchacho, que había oído toda la conversación, le dijo al anciano:

–Venid conmigo, abuelo.

Cuando llegaron al establo, cogió la manta que le había indicado su padre. Era la más nueva, una manta larga y ancha. La dobló por la mitad y la partió con su daga. Luego le dio la mitad a su abuelo.

–¿Por qué la has cortado? –preguntó el anciano–. Tu padre te había dicho que me la dieses entera.

Y volviéndose hacia su hijo, que entraba en ese momento en el establo, se quejó:

–Mira, tu hijo ni te teme ni te obedece. Se ha quedado con la mitad de la manta.manta-dividida

–¡Dale la manta entera! –le ordenó el hijo enfadado.

–Pero, padre, ¿qué os daré entonces a vos cuando llegue el momento? –le contestó el muchacho–. Cuando me lo hayáis dado todo y yo os eche de casa, como estáis haciendo con el abuelo, yo no pienso daros más que lo que ahora le estáis dando a él, y si permitís que el abuelo muera en la miseria, yo haré otro tanto con vos.

El hijo bajó la cabeza. Había comprendido la lección. Se volvió hacia su padre y le dijo:

–Quedaos. El demonio me puso en mal camino y me arrepiento. Hasta el final de vuestros días, esta será vuestra casa.

La Maldición del Queso

diario-de-greg-un-pringao-total1Ayer, Adrián nos recomendó la lectura del Diario de Greg. Hoy os ofrecemos un fragmento del primer libro de la serie, para ir abriendo el apetito.

Miércoles

Hoy tenemos educación física y lo primero que he hecho ha sido ir a la cancha de baloncesto, para comprobar si la loncha de queso seguía allí. Y en efecto, allí seguía.

Esa loncha de queso lleva sobre la pista desde la primavera pasada. Debió de caerse del sándwich de alguien, supongo. El caso es que apenas dos días después empezó a ponerse mohoso y repugnante. Desde entonces, nadie ha querido jugar al baloncesto en la cancha del queso, y eso que es la única que tiene redes en los aros.

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Un día, Darren Walsh tocó el queso con el dedo y entonces fue cuando empezó lo que llamamos la Maldición del Queso. Es como cuando juegas a tula (tú-la-llevas). Si tienes la Maldición del Queso, la has pringado hasta que consigas pasársela a otro. Todo el mundo huye de ti.

El único conjuro para salvarse de la Maldición del Queso es cruzar los dedos. Pero no es tan fácil acordarse siempre de tener los dedos cruzados. Yo acabé sujetándomelos con cinta adhesiva, de modo que estaban cruzados todo el tiempo. Me costó sacar un «insuficiente» en caligrafía, pero valió la pena.

Un chico llamado Abe Hall pilló la Maldición del Queso en abril y nadie se acercó a él durante lo que quedaba de curso. Durante el verano Abe se mudó a vivir a California y se llevó con él la Maldición del Queso.

Espero que a nadie se le ocurra empezar otra vez con la misma historia, porque es una estupidez vivir con tanto estrés.

Renovadores de la posguerra

2016 ha sido el año del centenario del nacimiento de tres escritores muy importantes en el devenir de nuestra literatura. Los tres, desde distintos géneros, contribuyeron a renovar profundamente la literatura de posguerra: Antonio Buero Vallejo, desde el teatro; Blas de Otero, desde la poesía; y Camilo José Cela, desde la novela.

En la biblioteca disponemos de varias obras emblemáticas de la producción literaria de estos tres escritores. De Antonio Buero Vallejo, tenemos numerosos títulos: Historia de una escalera (1949), En la ardiente oscuridad (1950), Un soñador para un pueblo (1958), El tragaluz (1967)… De Blas de Otero, te recomendamos la antología Verso y prosa, que ofrece una selección de sus mejores poemas: los incluidos en libros como Ángel fieramente humano (1950) o Pido la paz y la palabra (1955). Por último, encontraréis en nuestros estantes ejemplares de las dos novelas más conocidas de Camilo José Cela —La familia de Pascual Duarte (1942) y La colmena (1951)—, así como de Viaje a la Alcarria (1948), su mejor contribución al género del libro de viajes.

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Para iros abriendo el apetito, os presentamos ahora una muestra de la literatura de cada uno de estos autores.

De Antonio Buero Vallejo hemos elegido la escena final de Historia de una escalera. Trata de una pareja de enamorados, Fernando y Carmina, que sueña con abandonar la mísera existencia que llevan. Sin embargo, la relación no prospera. Años después, el hijo de Fernando y la hija de Carmina se enamoran y viven ilusionados con realizar los sueños que sus padres traicionaron.

Fernando, Hijo.— ¡Carmina! (Aunque esperaba su presencia, ella no puede reprimir un historia-de-una-escalerasuspiro de susto. Se miran un momento y en seguida ella baja corriendo y se arroja en sus brazos.) ¡Carmina!…

Carmina, Hija.— ¡Fernando! Ya ves… Ya ves que no puede ser.

Fernando, Hijo.— ¡Sí puede ser! No te dejes vencer por su sordidez. ¿Qué puede haber de común entre ellos y nosotros? ¡Nada! Ellos son viejos y torpes. No comprenden… Yo lucharé para vencer. Lucharé por ti y por mí. Pero tienes que ayudarme, Carmina. Tienes que confiar en mí y en nuestro cariño.

Carmina, Hija.— ¡No podré!

Fernando, Hijo.— Podrás. Podrás… porque yo te lo pido. Tenemos que ser más fuertes que nuestros padres. Ellos se han dejado vencer por la vida. Han pasado treinta años subiendo y bajando esta escalera… Haciéndose cada día más mezquinos y más vulgares. Pero nosotros no nos dejaremos vencer por este ambiente. ¡No! Porque nos marcharemos de aquí. Nos apoyaremos el uno en el otro. Me ayudarás a subir, a dejar para siempre esta casa miserable, estas broncas constantes, estas estrecheces. Me ayudarás, ¿verdad? Dime que sí, por favor. ¡Dímelo!

Carmina, Hija.— ¡Te necesito, Fernando! ¡No me dejes!

Fernando, Hijo. —¡Pequeña! (Quedan un momento abrazados. Después, él la lleva al primer escalón y la sienta junto a la pared, sentándose a su lado. Se cogen las manos y se miran arrobados.) Carmina, voy a empezar en seguida a trabajar por ti. ¡Tengo muchos proyectos! (Carmina, la madre, sale de su casa con expresión inquieta y los divisa, entre disgustada y angustiada. Ellos no se dan cuenta.) Saldré de aquí. Dejaré a mis padres. No los quiero. Y te salvaré a ti. Vendrás conmigo. Abandonaremos este nido de rencores y de brutalidad.

Carmina, Hija.— ¡Fernando!

(Fernando, el padre, que sube la escalera, se detiene, estupefacto, al entrar en escena.)

Fernando, Hijo.— Sí, Carmina. Aquí sólo hay brutalidad e incomprensión para nosotros. Escúchame. Si tu cariño no me falta, emprenderé muchas cosas. Primero me haré aparejador. ¡No es difícil! En unos años me haré un buen aparejador. Ganaré mucho dinero y me solicitarán todas las empresas constructoras. Para entonces ya estaremos casados… Tendremos nuestro hogar, alegre y limpio…, lejos de aquí. Pero no dejaré de estudiar por eso. ¡No, no, Carmina! Entonces me haré ingeniero. Seré el mejor ingeniero del país y tú serás mi adorada mujercita…

Carmina, Hija.— ¡Fernando! ¡Qué felicidad!… ¡Qué felicidad!

Fernando, Hijo.— ¡Carmina!

(Se contemplan extasiados, próximos a besarse. Los padres se miran y vuelven a observarlos. Se miran de nuevo, largamente. Sus miradas, cargadas de una infinita melancolía, se cruzan sobre el hueco de la escalera sin rozar el grupo ilusionado de los hijos.)

De Blas de Otero os ofrecemos uno de sus más famosos sonetos, el titulado «Hombre», perteneciente a Ángel fieramente humano (1950): es una de las máximas expresiones de la angustia existencial de la primera época de su poesía.

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenertesisifo
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

Finalmente, de Camilo José Cela os ofrecemos un fragmento de La familia de Pascual Duarte (1942), novela que narra, en primera persona, las memorias de un campesino condenado a muerte, cuya vida ha estado siempre marcada por la violencia:

Tenía una perrilla perdiguera —la Chispa—, medio ruin, medio bravía, pero que se entendía muy bien conmigo; con ella me iba muchas mañanas hasta la Charca, a legua y media del pueblo hacia la raya de Portugal, y nunca nos volvíamos de vacío para casa. Al volver, la perra se me adelantaba y me esperaba siempre junto al cruce; había allí una piedra redonda y achatada como una silla baja, de la que guardo tan grato recuerdo como de cualquier persona; mejor, seguramente, que el que guardo de muchas de ellas. Era ancha y algo hundida y cuando me sentaba se me escurría un poco el trasero (con perdón) y quedaba tan acomodado que sentía tener que dejarla; me pasaba largos ratos sentado sobre la pipascual-duarteedra del cruce, silbando, con la escopeta entre las piernas, mirando lo que había de verse, fumando pitillos. La perrilla, se sentaba enfrente de mí, sobre sus dos patas de atrás, y me miraba, con la cabeza ladeada, con sus dos ojillos castaños muy despiertos; yo le hablaba y ella, como si quisiese entenderme mejor, levantaba un poco las orejas; cuando me callaba aprovechaba para dar unas carreras detrás de los saltamontes, o simplemente para cambiar de postura. Cuando me marchaba, siempre, sin saber por qué, había de volver la cabeza hacia la piedra, como para despedirme, y hubo un día que debió parecerme tan triste por mi marcha, que no tuve más suerte que volver sobre mis pasos a sentarme de nuevo. La perra volvió a echarse frente a mí y volvió a mirarme; ahora me doy cuenta de que tenía la mirada de los confesores, escrutadora y fría, como dicen que es la de los linces… un temblor recorrió todo mi cuerpo; parecía como una corriente que forzaba por salirme por los brazos, el pitillo se me había apagado; la escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente, entre mis piernas. La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del animal.

Cogí la escopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre oscura y pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra.